Así intentaban matar a la vice presidenta Argentina: Cristina Fernandez de Kirchnner

Nacionales 03 de septiembre de 2022 Por Pedro Miguel Massola
Detalles aterradores sobre el imputado y su relación con el ocultismo y la extrema derecha neonazi.
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Se investiga el intento de magnicidio contra Cristina Fernández de Kirchner y Fernando Sabag Montiel, el brasileño detenido por el ataque, estuvo ante la jueza María Eugenia Capuchetti y el fiscal Carlos Rívolo, pero se negó a declarar por lo ocurrido en Recoleta.

Fue tras pericias psicológicas que concluyeron la aptitud del agresor para responder a las preguntas de los magistrados. En ese contexto, se presume que Sabag comprendió la criminalidad del hecho que protagonizó y ahora enfrentará un proceso acusado de “Homicidio agravado en grado de tentativa”, figura que prevé una pena de hasta 22 años de prisión.

Antes de ser indagado, se conoció que la pistola Bersa 308 que Sabag utilizó para intentar matar a CFK, estaba apta para el disparo y contaba con 5 proyectiles en su cargador. Especialistas indicaron que el tirador no supo utilizar el arma y de ahí la explicación por qué no salió el disparo.

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En paralelo a lo anterior, un amigo de Sabag fue entrevistado por el noticiero de Telefe donde aseguró que “no tenía nada que perder” y que “no había ensayado el disparo”. No hay hasta el momento elementos que vinculen al agresor con un sector político específico, más allá de algunas apariciones en televisión en las que el sujeto fue entrevistado y dio su opinión sobre planes sociales.
Se prevé que Sabag continúe detenido y hasta anoche era una incógnita dónde será alojado a la espera del juicio. En su cadena nacional, el presidente Alberto Fernández había pedido “resguardar la vida del acusado”.

El brasileño Sabag registra en su prontuario un antecedente de marzo de 2021, cuando la policía lo halló en un vehículo sin patente y con un cuchillo de 35 cm de hoja. En ese entonces se lo procesó por tenencia de arma impropia, aunque luego recuperó su libertad.

Llamó la atención – dentro de su descripción – tatuajes neonazis que generaron sorpresa entre quienes analizaron sus fotos en las redes sociales. 

Los tatuajes

El “sol negro” está vinculado al ocultismo nazi y los movimientos de extrema derecha.

El brasileño Fernando Andre Sabag Montiel tiene tatuado en el codo de su brazo izquierdo un símbolo relacionado con el nazismo. Hace referencia a una rama ocultista del nacionalsocialismo, el partido político alemán liderado por Adolf Hitler entre 1933 y 1945 en Alemania y responsable por el exterminio de seis millones de judíos y otras etnias a las que consideraban “racialmente inferiores”.

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Esa figura es llamada y conocida como “sol negro” (Schwarze Sonne en alemán). Es una combinación de los tres símbolos más relevantes de la ideología nazi: la rueda solar, la esvástica y la runa de la victoria -una letra del abecedario empleado por las antiguas tribus germánicas-.

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El “sol negro”, figura tatuada en el codo de Fernando Andre Sabag Montiel, llegó de la mano de Heinrich Himmler, el jefe máximo de las SS, la organización paramilitar, policial, política y penitenciaria al servicio del Führer. El jerarca solía buscar vínculos místicos que justificaran la filosofía racista de su gobierno.

También tiene otra función. Como la esvástica nazi tradicional está prohibida, el “sol negro” es un sustituto.

En su perfil de Facebook, por ejemplo, Fernando Andre Sabag Montiel le dio “me gusta” a páginas como “Comunismo satánico”, “Ciencias ocultas herméticas” y “Coach antisicopatas”, además de numerosos grupos de odio vinculados a la ideología neonazi.

El oscuro castillo que los nazis quisieron convertir en el "centro del mundo"

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Entre los alrededor de 20.000 palacios y castillos que hay en Alemania, el de Wewelsburg es el único triangular. Y esa no es la única razón por la que se distingue de los demás.


El inusual castillo que se alza en lo alto de una roca que domina el valle de Alme fue construido en el siglo XVII para los príncipes obispos de Paderborn. Pero fue su arrendatario en la década de 1930 quien lo hizo aún más notorio.

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Se trataba nada menos que Heinrich Himmler, el Reichsführer de las Schutzstaffel (SS), es decir el líder de máximo rango de la organización paramilitar, policial, política, penitenciaria y de seguridad al servicio de Adolf Hitler en la Alemania nazi.

Himmler firmó un contrato de arrendamiento de 100 años pues "quería tener un castillo donde pudiera reunirse con sus más altos líderes de las SS", le explica Kristen John-Stuke, directora Kreismuseum Wewelsburg a BBC Reel.

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"La torre norte sigue siendo original, como lo fue en la década de 1940", señala John-Stuke.


"Hay dos habitaciones históricas. Una es la cripta, que parece una tumba para honrar a los hombres de las SS".
Tiene doce pedestales espaciados alrededor de sus paredes circulares. La forma de la sala y su acústica e iluminación fueron diseñadas para crear una atmósfera solemne y misteriosa. Los pozos de luz iluminan el centro de la habitación donde debía arder una llama eterna.


Arriba, en el ápice del techo abovedado de la cripta, hay un relieve de una esvástica ornamentada.

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En el nivel superior, hay otro símbolo controvertido relacionado con la ideología de las SS de la supremacía racial.

En lo que una vez sirvió como capilla del castillo, está en el Salón de los Líderes Supremos de las SS, con 12 columnas, ventanas semicirculares estilo iglesia y bóvedas de crucería.

Incrustrado en el suelo, está el llamado Sol Negro (Schwarze Sonne en alemán).

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Los tatuajes en las manos

Además, en una de sus manos el hombre que atentó contra la vicepresidenta tiene tatuada la cruz de hierro, el símbolo de las fuerzas armadas de Alemania desde 1870 hasta la actualidad y, junto con la esvástica, uno de los principales símbolos del régimen Nazi.

En su otra mano, se ve un tatuaje de una versión nórdica del Martillo de Thor, una de las armas más temidas en de la mitología vikinga.

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El martillo de Thor: el arma secreta de las SS nazis

(Óscar Herradón. Periodista)


Algunos nazis mostraron un inusitado interés por todo lo que tuviera que ver con los mitos nórdicos. Fue el caso de Heinrich Himmler, quien, obsesionado por la antiguas sagas germánicas y aprovechando el avance tecnológico del régimen, planteó la construcción de una arma de gran poder: un martillo de Thor eléctrico.


Obsesionado por el martillo de Thor –Mjolnir– del que hablaban los mitos nórdicos que le habían fascinado desde niño, distorsionando, junto a las teorías raciales, su visión de la realidad, se sabe que Heinrich Himmler, uno de los hombres más fuertes del III Reich después de Hitler, ordenó a miembros de su Orden Negra –las SS– que lo buscaran, asunto corroborado en una carta que aún se conserva y que está rubricada por el propio Reichsführer-SS; debían hacerlo a través de la Deutsches Ahnenerbe o “Sociedad Herencia Ancestral Alemana”, cuyo fin era rastrear cualquier vestigio del pasado ario en el mundo conocido. Junto al Mjolnir, distintas expediciones más sonadas de guardias negros irían tras la pista del Santo Grial, la Mesa de Salomón, la escritura de los antiguos arios o la Lanza del Destino, llegando incluso hasta el lejano Tíbet o hasta tierras islandesas.

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Pero cuando era evidente que el frente del Este acabaría finalmente con el poderío nazi en Europa, Himmler se autoconvenció –lo que puede darnos una idea de hasta qué punto llegó a desvirtuar el mundo que le rodeaba– de que el arma mágica del Dios del trueno nórdico, el martillo letal que fulminaba a sus enemigos del que hablaban los Eddas –poemas nórdicos antiguos– era en realidad un complejo artilugio basado en la electricidad que habrían desarrollado los antiguos arios. Sin duda, se había dejado influir poderosamente por los escritos de Rudolf John Gorsleben y otros ariosofistas que sentaron las bases del misticismo nacionalsocialista.


Ahora, Himmler destinaría todos sus esfuerzos a desarrollar una máquina que utilizara ingeniería eléctrica, una versión moderna del “Martillo de Thor” que sirviera para asestar un último golpe mortal, cual héroe nórdico en gesta final por su pueblo elegido –así pensaba en sus delirios megalómanos–, a la amenaza del “bolchevismo judío”.

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Como una de sus últimas extravagancias, a las que tan acostumbrados tenía a sus subordinados, transmitió a la Oficina Técnica de la Escuadras de Protección la descabellada propuesta para la construcción del arma eléctrica “milagrosa” que salvara a la gran Alemania de las garras de sus adversarios “subhumanos”, utilizando si era necesario los últimos avances en fisión nuclear que en 1942 debatían los miembros del Consejo de Investigación del Reich como una posible vía para la construcción de la bomba atómica nazi, un proyecto que nunca fructificó debido a su alto coste y a la dificultad para llevarlo a la práctica, a pesar de la insistencia del entonces Ministro de Armamento del Reich, Albert Speer, por convencer a Hitler de destinar importantes fondos al asunto.

Pero Hitler quería resultados casi instantáneos, y el avance aliado no permitía dedicar un tiempo que no tenían a la experimentación que, por otra parte, se estaba llevando a cabo en la base blindada de Los Álamos, el denominado Proyecto Manhattan, con las nefastas consecuencias que tendría después, precisamente comandado por un norteamericano de origen judío y ascendencia alemana, Robert Oppenheimer.

Desarrollo y diseños


Himmler recurriría a varias empresas para que realizaran un diseño de su artefacto soñado, y sería la oscura empresa Elemag-Hildesheim quien le presentaría un proyecto para su construcción en noviembre de 1944. Según sus expertos, se podía emplear tecnología actual para construir un arma capaz nada menos que de transformar “el material aislante de la atmósfera en un conductor eléctrico”; a través de un complejo proceso, los ingenieros de Elemag pretendían lograr esto con la intención de bloquear la señal de todos los aparatos eléctricos de los aliados, desde frecuencias de radio a controles remoto.

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El Reichsführer se mostraba eufórico con el proyecto de su arma definitiva, su nuevo “Martillo de Thor” que se abatiría implacable sobre las fuerzas enemigas; llegó a transmitirle a su masajista, Felix Kersten, su confidente entonces y quien escribiría un libro con sus memorias años después que se convertiría en bestseller, que “Muy pronto empezaremos a usar nuestra última arma secreta. Y eso cambiará completamente la situación de la guerra”. Kersten dejaría por escrito la estupefacción que le causaron las palabras de su superior años más tarde: “El país estaba en ruinas, el bombardeo era cada vez más intenso, Alemania estaba casi derrotada, ¡y Himmler hablaba de victoria! Apenas podía creer lo que oía”.

Himmler recurrió a la oscura empresa Elemag para que sopesara la posibilidad de llevar a cabo el proyecto 
Cuando los técnicos de las SS, tras analizar minuciosamente los bocetos del conductor eléctrico presentados por Elemag, comunicaron a Himmler que aquello era inviable, apenas una fantasía para la que Alemania no tenía medios, y mucho menos en el estado de avanzado desgaste y escasez en los que la guerra había sumido al país, éste no quiso aceptarlo, y recurrió también al jefe de la oficina de planificación del Consejo de Investigación del Reich, el mismo que había realizado las investigaciones con uranio enriquecido, en busca de una segunda opinión, quien le corroboró la imposibilidad de llevar a cabo tan gigantesco y fantástico proyecto.

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Con Berlín bombardeado por las fuerzas aliadas y el ejército soviético apostado a apenas 100 kilómetros de la capital alemana, a Himmler ya sólo le quedaba intentar sellar una alianza con el enemigo como única forma de mantener en pie el “Reich de los Mil Años” que ya era incapaz de sostenerse. Ningún arma milagrosa, ni los dioses atávicos de la mitología nórdica, ni siquiera el ardor guerrero que creía le transmitía el emperador Enrique I, su avatar en la imaginería fantástica que se había forjado a lo largo de los años, podían ya salvarle a él ni a su Orden Negra, trasunto siniestro de la Alemania “purificada y superior”, de la derrota a manos del adversario.

Si en torno a Himmler todo había sonado extravagante desde sus primeros tiempos en el poder, cerca del desastre final adquiría ya tintes estrafalarios que dejaban entrever la incompetencia en el campo militar del que había sido, por otra parte, un excelente burócrata y organizador del aparato de terror nacionalsocialista.

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