
Bacterias dulces: el experimento silencioso que podría cambiar el azúcar para siempre
Pedro Miguel Massola
Durante más de un siglo, la industria alimentaria persiguió una obsesión tan simple como esquiva: endulzar sin castigar al cuerpo. Cada intento dejó algo en el camino —sabor, textura, aceptación— y el azúcar, con su dulzura perfecta y su costo metabólico, siguió reinando. Hasta ahora.
En laboratorios de la Universidad de Tufts, un equipo de ingenieros dio un paso que no hizo ruido, pero podría tener consecuencias profundas: lograron que bacterias Escherichia coli funcionen como microfábricas capaces de transformar glucosa común en tagatosa con rendimientos cercanos al 95 %. Una cifra que supera ampliamente a los procesos industriales actuales, limitados al 40–77 %.
La tagatosa no es nueva. Existe de forma natural en lácteos y algunas frutas, pero en cantidades tan pequeñas que su extracción nunca fue viable. Fabricarla por métodos tradicionales resultaba caro y poco eficiente. Por eso, pese a sus ventajas —dulzor similar al azúcar, menos calorías y bajo impacto metabólico— nunca llegó al consumo masivo.
El hallazgo de Tufts cambia el escenario. El avance no está solo en el producto, sino en el método. A partir del descubrimiento de una enzima en un moho mucilaginoso, los investigadores lograron invertir una ruta metabólica conocida: generar galactosa desde glucosa y, desde allí, convertirla en tagatosa. Menos pasos, menos energía, menos residuos. Biología afinada en lugar de química agresiva.
Las implicancias van más allá del laboratorio. La tagatosa aporta alrededor del 92 % del dulzor del azúcar común, pero con un 60 % menos de calorías. Se absorbe parcialmente en el intestino y el resto es fermentado por la microbiota, lo que reduce los picos de glucosa e insulina. No favorece la caries y, en cocina, se comporta como el azúcar tradicional: da volumen, textura y carameliza. No obliga a reinventar recetas.
También aparece una arista ambiental. La producción azucarera convencional requiere grandes extensiones de tierra, agua y energía. La biosíntesis en biorreactores abre una alternativa: producir dulzor cerca de los centros de consumo, con materias primas más flexibles y potencial uso de residuos agrícolas. No elimina el problema de raíz, pero diversifica un sistema cada vez más presionado.
Aún falta camino regulatorio y escalado industrial. Pero la frontera ya no es técnica. Por primera vez en décadas, el azúcar tiene un competidor que no pide sacrificios evidentes. Y eso, en el mundo de la alimentación, no es un detalle menor.


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