
El Caminante. En la plaza de Francisco Madero.
Pedro Miguel MassolaUna producción del Pez Gordon
La Plaza de Francisco Madero: un corazón verde que late en el Partido de Pehuajó
Francisco Madero, Pehuajó – En el centro mismo de Francisco Madero, localidad perteneciente al partido de Pehuajó, se encuentra una joya de valor patrimonial, cultural y emocional: su plaza principal. Con más de un siglo de historia, este espacio público no solo es un punto de encuentro para los vecinos, sino también un símbolo de identidad local. Así lo describe el vecino Osvaldo Piñeiro, en un cálido y detallado recorrido por el lugar.
"La plaza de Madero es hermosa, tiene más de 100 años", comienza diciendo Piñeiro, mientras destaca el amplio y cuidado sector verde que define su fisonomía. La abundante vegetación y las tradicionales farolas que aún la iluminan, invitan al paseo pausado, al encuentro social y al contacto con la naturaleza. “Es espectacular la cantidad de verde que tiene”, afirma, subrayando también la tranquilidad del entorno. “Se puede apreciar cómo es la vida acá, de pueblo, retranquilo, de por demás retranquilo”, expresa con satisfacción.
Uno de los elementos más significativos que resguarda esta plaza es la estatua de Raimundo Salazar, figura histórica muy querida en la comunidad, cuyo legado también se mantiene vivo en la Escuela N.º 4, ubicada justo frente al espacio verde y que lleva su nombre. También se destaca una escultura en homenaje a la madre, otro gesto de profundo simbolismo que conecta con los valores tradicionales del pueblo.
Piñeiro relata con cariño su vínculo con la localidad. A pesar de haber tenido oportunidades para emigrar, asegura: “Siempre me gustó Madero. Me fui una temporada, pero volví”. En su relato, también menciona con nostalgia el Club Olimpo, que alguna vez albergó actividades deportivas y sociales y que hoy funciona como un almacén. Frente a la plaza, se encuentra además el cuartel de los Bomberos Voluntarios, cuya sede moderna representa el compromiso de la comunidad con el servicio y la solidaridad.
El relato de Osvaldo refleja el sentir de muchos maderenses: una vida apacible, arraigada a valores de comunidad, con oportunidades de trabajo y rodeada de afectos. Incluso, menciona que numerosas personas se han mudado desde Buenos Aires atraídas por la tranquilidad del lugar.
“Me gusta el pueblo, me gusta la gente. Somos todos una familia”, concluye Piñeiro, sintetizando con esa frase lo que muchos sienten al pisar esta plaza centenaria: que en Madero, el tiempo se detiene para regalar una vida más serena, cercana y enraizada en lo esencial.


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