La Mega Radio

Estado:
Ahora:
Conectados:


Calculando ediciones...
Cargando fecha...

El ojo que todo lo ve: Palantir, el poder invisible. La población vigilada.

Nacida al calor del 11-S y financiada desde sus orígenes por la CIA, la empresa Palantir se convirtió en el sistema operativo del espionaje moderno. Estados Unidos la usa para puntuar personas, anticipar enemigos y vigilar sin jueces. Argentina, con un DNU vigente y un gobierno alineado, aparece en la zona gris donde el control total deja de ser hipótesis.

19/01/2026Pedro Miguel MassolaPedro Miguel Massola
Gemini_Generated_Image_u8lsntu8lsntu8ls

No hubo anuncio oficial. No hubo conferencia. No hubo comunicado.
Como suele ocurrir con las tecnologías más peligrosas, el desembarco no se avisa.

Palantir no es una empresa más de Silicon Valley. Su nombre —tomado del Señor de los Anillos— remite a los orbes capaces de espiar a distancia. No es una metáfora: eso es exactamente lo que hace.

La compañía nació después del atentado del 11 de septiembre de 2001, cuando Estados Unidos entró en pánico estratégico. ¿Cómo no lo vimos venir?, se preguntaron las agencias de inteligencia. La respuesta fue clara: faltaban datos… y alguien que supiera cruzarlos.

Ese alguien fue Peter Thiel, cofundador de PayPal junto a Elon Musk. La idea fue simple y brutal: usar las mismas herramientas que detectaban fraudes financieros para identificar terroristas. En 2005, Palantir recibió su primera inversión institucional de In-Q-Tel, el fondo de capital de riesgo de la CIA. No es una acusación: es un dato público.

Desde entonces, ingenieros de Palantir trabajaron dentro de la CIA, codo a codo con analistas de inteligencia. El software no se diseñó para el Estado: se gestó desde el corazón del Estado profundo. Cada dos semanas había nuevas versiones. No había intermediarios. No había controles externos.

El sistema funcionó. Palantir participó en el rastreo de Osama Bin Laden. A partir de ahí, el crecimiento fue exponencial. Otras agencias estadounidenses, otros países, contratos multimillonarios.

El punto de quiebre llegó con el regreso de Donald Trump al poder. En 2025, el Pentágono firmó un contrato de 10.000 millones de dólares para unificar 71 sistemas distintos en un solo software: Palantir. Desde entonces, la empresa es —en los hechos— el sistema operativo del aparato de vigilancia y represión de Estados Unidos.

¿Quién manda a quién? La pregunta ya no es retórica.
Hoy, Estados Unidos no podría prescindir de Palantir sin quedar ciego.

El CEO de la empresa, Alex Karp, lo dijo sin eufemismos ante inversores: Palantir existe para “asustar y, cuando es necesario, matar enemigos”. Lo dijo así. Subtitulado. Sin ruborizarse.

Las denuncias más recientes son aún más graves. En Estados Unidos circulan imágenes de agentes migratorios escaneando rostros con celulares. No piden documentos. Piden la cara. Reconocimiento facial en tiempo real. Y detrás, un sistema llamado “Elite”, que asigna puntajes sociales.

Palantir cruza todo: pasaporte, historial médico, redes sociales, vínculos, opiniones. Luego calcula probabilidades. ¿Inmigrante ilegal? ¿Opositor político? ¿Riesgo potencial? El color cambia: verde, amarillo, rojo.

Durante años, Washington acusó a China de hacer exactamente esto.
Ahora lo hace Occidente. Y con orgullo.

En Argentina, el escenario es inquietante. Un DNU vigente habilita la vigilancia masiva. El presidente Javier Milei anunció en junio su intención de crear un “FBI argentino” y comprar “la mejor tecnología disponible”. No hace falta demasiada imaginación para completar la frase.

Estas tecnologías no se publican en el Boletín Oficial. Cuando llegan, ya están funcionando. Y muchas veces, los decretos solo blanquean prácticas que ya existían en la sombra.

La historia ofrece antecedentes. IBM colaboró con el nazismo mediante sistemas de fichaje. Hoy, el control es infinitamente más veloz, más preciso, más total. No hay listas: hay algoritmos.

El problema no es solo jurídico. Es civilizatorio.
Si el derecho internacional se diluye, si las garantías constitucionales se vuelven decorativas, si la soberanía se subordina al capital tecnológico, la democracia entra en zona terminal.

El mundo ya no es el de 2015. Tampoco el de la pospandemia. Hay una bifurcación clara: vigilancia total o reconstrucción democrática. No hay términos medios.

Y esta vez, el ojo ya está abierto.

Lo más visto