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Vacunas COVID-19: qué contienen, qué dicen haber encontrado dos científicas argentinas y qué dice la ciencia sobre esos materiales

Una investigación sobre componentes, nanotecnología y las afirmaciones que abrieron un debate
26/08/2026Pedro Miguel MassolaPedro Miguel Massola

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Hay una pregunta que parece sencilla, pero que se vuelve mucho más compleja cuando se la examina en detalle: ¿qué había realmente dentro de los viales de las vacunas contra el COVID-19?

Las respuestas oficiales están disponibles en prospectos y documentos regulatorios. Pfizer-BioNTech, Moderna, AstraZeneca, Sinopharm, Sputnik V y CanSino no utilizaban exactamente la misma tecnología ni tenían la misma composición.

Pero en Argentina dos investigadoras, Lorena Diblasi y Marcela Sangorrín, sostuvieron que sus análisis habían encontrado algo diferente: elementos químicos que, según ellas, no figuraban en las formulaciones declaradas. En trabajos posteriores llegaron a hablar de 55 elementos químicos no declarados y, al combinar sus resultados con estudios anteriores mediante microscopía electrónica, de 62 elementos.

La afirmación es extraordinaria. Y justamente por eso merece algo más que una respuesta automática de aceptación o rechazo.

La pregunta central de esta investigación no será simplemente “¿tenían razón o estaban equivocadas?”, sino otra, más útil:

¿Qué dijeron haber encontrado, qué contienen oficialmente las vacunas, qué significan realmente esos materiales y qué evidencia científica permitiría resolver la controversia?


La primera sorpresa: sí existe nanotecnología en algunas vacunas

Structure of an mRNA lipid nanoparticle

Hay una parte de esta historia que no necesita especulación.

Las vacunas de ARNm de Pfizer-BioNTech y Moderna utilizan nanopartículas lipídicas (LNP).

Su función es transportar y proteger el ARN mensajero para favorecer su entrada en las células. Las LNP utilizadas en esta tecnología están formadas, en términos generales, por un lípido ionizable, un lípido estructural, colesterol y un lípido unido a PEG. La literatura científica describe esta plataforma como una de las principales tecnologías actuales para administrar ARN dentro del organismo.

La Agencia Europea de Medicamentos describe en Comirnaty cuatro lípidos que forman las nanopartículas que contienen el ARN. En Spikevax, la documentación actual también especifica que el ARNm está incorporado en nanopartículas lipídicas basadas en SM-102, junto con colesterol, DSPC y PEG2000-DMG.

Esto permite establecer una primera conclusión importante:

hablar de nanotecnología en las vacunas de ARNm no es una hipótesis: es una descripción de la tecnología utilizada para administrar el medicamento.

Pero hay una diferencia enorme entre esto y afirmar que esas vacunas contienen grafeno, metales o dispositivos nanotecnológicos.

Las nanopartículas lipídicas son, precisamente, nanopartículas. No son automáticamente grafeno, nanotubos de carbono, microchips ni dispositivos electrónicos.


Una tecnología que empezó antes de la pandemia

La nanotecnología aplicada a medicamentos no apareció en 2020.

Los sistemas de nanopartículas lipídicas y liposomas llevaban décadas siendo investigados como vehículos para transportar moléculas dentro del organismo. Una revisión publicada en ACS Nano por Rumiana Tenchov, Robert Bird, Allison Curtze y Qiongqiong Zhou describe la evolución de estas tecnologías y su posterior utilización para administrar ARN.

La investigación continúa actualmente.

Una revisión de 2026 de Benjamin J. Redenti, Yichen Zhong, Changyue Yu y Yizhou Dong explica que las LNP combinan diseño de biomateriales y modificación del ARN y que la tecnología se está extendiendo más allá de las vacunas contra infecciones hacia inmunoterapia y cáncer.

Es decir, existe una tecnología real, sofisticada y en expansión.

Pero precisamente por eso es necesario utilizar correctamente las palabras: nano no significa automáticamente peligroso, secreto o militar.


Entonces aparece el grafeno

Aquí comienza una de las partes más controvertidas.

Diblasi y Sangorrín sostuvieron en distintos trabajos y exposiciones que habían encontrado partículas y materiales que identificaron como óxido de grafeno.

...

El grafeno es un material real. Está formado por carbono organizado en una estructura bidimensional y posee propiedades eléctricas, mecánicas y superficiales muy particulares.

También existe investigación biomédica sobre derivados del grafeno.

Una revisión científica publicada en Bioactive Materials describe investigaciones sobre óxido de grafeno como posible vehículo de biomoléculas y como potencial adyuvante de vacunas. Pero el mismo trabajo señala problemas de biocompatibilidad: el óxido de grafeno puede agregarse en fluidos biológicos y producir efectos celulares adversos, razón por la que se estudian modificaciones de su superficie.

Otra revisión publicada en 2023 analiza al grafeno y sus derivados como posibles nanotransportadores y adyuvantes, pero también advierte sobre estrés oxidativo e inflamación y sobre la necesidad de modificar las partículas para mejorar su comportamiento biológico.

Esto produce una paradoja interesante:

el grafeno sí tiene potencial biomédico y sí se investiga como plataforma para administrar sustancias; pero eso no demuestra que esté presente en las vacunas contra el COVID-19.

Son dos afirmaciones completamente diferentes.


¿Qué dijeron exactamente Diblasi y Sangorrín?

En un trabajo de 2022 firmado por ambas investigadoras se describen análisis de siete viales mediante microscopía electrónica de barrido acoplada a EDS. El documento identifica las marcas, lotes y fechas de vencimiento de las muestras analizadas.

En 2024 publicaron un trabajo posterior, junto con Martín Monteverde y David Nonis, utilizando ICP-MS, una técnica de espectrometría de masas con plasma acoplado inductivamente.

El trabajo afirma haber encontrado 55 elementos químicos no declarados en muestras correspondientes a AstraZeneca, CanSino, Moderna, Pfizer, Sinopharm y Sputnik V. Los autores señalan además que, combinando los resultados con los obtenidos mediante SEM-EDX, el total llegaría a 62 elementos.

Entre los elementos mencionados aparecen, entre otros:

  • boro;
  • calcio;
  • titanio;
  • arsénico;
  • níquel;
  • cromo;
  • cobre;
  • galio;
  • estroncio;
  • niobio;
  • molibdeno;
  • bario;
  • hafnio.

El trabajo también sostiene que la composición elemental podía variar entre diferentes alícuotas obtenidas del mismo vial.

...

Esta es una afirmación concreta y verificable.

No se trata simplemente de un rumor de redes sociales: existe un trabajo firmado por las investigadoras y registrado en la propia base bibliográfica de CONICET.

Pero que un trabajo exista no resuelve por sí solo la cuestión científica.


La palabra decisiva: “no declarado”

Aquí aparece uno de los puntos que más fácilmente puede confundir al lector.

Encontrar un elemento mediante una técnica analítica no significa necesariamente demostrar que ese elemento forma parte de la formulación farmacéutica intencional.

En química analítica hay que distinguir entre:

componente declarado → sustancia utilizada deliberadamente en la formulación;

impureza → sustancia presente accidentalmente o como consecuencia del proceso;

contaminante → sustancia introducida durante fabricación, almacenamiento, manipulación o análisis;

residuo del proceso → material que puede permanecer después de una etapa de fabricación;

señal analítica → resultado instrumental que debe ser interpretado y confirmado.

Por eso, una pregunta fundamental para evaluar cualquier afirmación sobre elementos no declarados es:

¿la técnica utilizada permite determinar solamente que un elemento está presente o permite también establecer en qué forma química se encuentra y de dónde proviene?

La respuesta depende de la técnica.

ICP-MS es extraordinariamente sensible para determinar elementos, pero detectar un elemento no equivale automáticamente a identificar una molécula específica que contenga ese elemento.


Y esto cambia completamente el caso del grafeno

Para demostrar que una partícula contiene carbono no alcanza con detectar carbono.

Para afirmar que se trata específicamente de grafeno u óxido de grafeno hay que caracterizar su estructura y propiedades.

La identificación puede requerir técnicas complementarias, entre ellas espectroscopía Raman, microscopía electrónica, espectroscopía de fotoelectrones de rayos X (XPS), difracción y otras técnicas de caracterización de materiales.

Por eso, científicamente, hay una diferencia entre:

“observamos una partícula con determinada morfología”

y

“demostramos que esa partícula es óxido de grafeno”.

La segunda afirmación requiere una caracterización mucho más específica.


El otro componente polémico: las células humanas

Existe otro tema que suele aparecer asociado a las vacunas: las llamadas “células fetales”.

Aquí también hay que separar conceptos.

Algunas vacunas históricas se fabricaron utilizando líneas celulares humanas derivadas originalmente de tejido fetal, entre ellas WI-38 y MRC-5. La Organización Mundial de la Salud explica que estas líneas tienen su origen en tejido fetal obtenido en la década de 1960 y que posteriormente fueron mantenidas en cultivo como líneas celulares.

Eso no significa que una vacuna contenga un feto ni que se inyecten células fetales completas.

Una línea celular es una población de células que se mantiene y reproduce en laboratorio. La OMS describe precisamente ese concepto y señala la utilización de líneas celulares como sistemas renovables para cultivar determinados virus.

Además, no todas las vacunas contra el COVID-19 emplearon las mismas plataformas.

La OMS, por ejemplo, describe a Sinopharm como una vacuna inactivada producida utilizando una línea celular Vero, que es de origen distinto.

Por eso la afirmación genérica “las vacunas COVID contienen células fetales” resulta científicamente demasiado amplia.

Hay que estudiar cada plataforma y cada fabricante.


Lo que sí sabemos de las vacunas de ARNm

En el caso de Comirnaty, la documentación de la EMA especifica el ARN mensajero y los lípidos de la nanopartícula, además de otros excipientes.

En Spikevax, la documentación actual especifica ARNm incorporado en nanopartículas lipídicas y enumera los demás componentes, entre ellos SM-102, colesterol, DSPC, PEG2000-DMG, trometamol, ácido acético, acetato de sodio, sacarosa y agua para inyección.

Estas formulaciones están documentadas.

Y esto permite formular una pregunta legítima:

si una sustancia adicional estuviera presente, ¿cómo se demostraría que pertenece realmente al producto y no que procede de contaminación, del recipiente, del proceso de fabricación o del procedimiento analítico?

Ese es exactamente el tipo de pregunta que debe responder una investigación de control de calidad farmacéutico.


¿Qué dicen los expertos sobre la nanotecnología?

La nanotecnología médica no es una fantasía futurista.

K. Swetha, Niranjan G. Kotla, Lakshmi Tunki, Arya Jayaraj, Suresh K. Bhargava, Haitao Hu, Srinivasa Reddy Bonam y Rajendra Kurapati describen las nanopartículas lipídicas como una plataforma avanzada para transportar ARNm y explican su composición y mecanismo de funcionamiento.

En 2025, Robby Zwolsman, Youssef B. Darwish, Ewelina Kluza y Roy van der Meel revisaron la ingeniería de nanopartículas lipídicas para inmunoterapia con ARNm. Señalan que todavía existen desafíos relacionados con biodistribución, toxicidad, estimulación inmunitaria y estabilidad.

Es un detalle importante: la ciencia no considera que las nanopartículas sean automáticamente inocuas. Se estudian precisamente porque sus propiedades físicas pueden modificar cómo una sustancia se distribuye y cómo interactúa con las células.

Un artículo de revisión publicado en 2024 por investigadores de Eindhoven y la Universidad de Tel Aviv analiza específicamente la capacidad inmunoestimulante de las LNP y advierte que tanto el ARN como ciertos lípidos pueden producir respuestas inmunitarias no deseadas.

Por lo tanto, tampoco sería correcto decir:

“Las nanopartículas no pueden producir efectos biológicos”.

Por supuesto que pueden.

La cuestión científica es cuáles, en qué dosis, mediante qué mecanismo y con qué consecuencias.


¿Y los metales?

La lista de Diblasi y Sangorrín incluye elementos que tienen aplicaciones reales en distintos campos.

El paladio, por ejemplo, se utiliza en catálisis y también es investigado en química medicinal.

El rutenio tiene líneas de investigación en farmacología y química medicinal.

El bismuto tiene aplicaciones farmacéuticas conocidas.

El iridio, especialmente determinados radioisótopos, tiene aplicaciones médicas.

El cromo aparece en numerosas áreas industriales y químicas.

Pero hay otra distinción indispensable:

que un elemento tenga aplicaciones médicas, electrónicas o industriales no permite deducir que su presencia en una muestra tenga esa finalidad.

Encontrar paladio no demuestra que exista un dispositivo electrónico.

Encontrar rutenio no demuestra que exista un sistema de control biológico.

Encontrar una partícula de tamaño nanométrico no demuestra que sea un dispositivo.

Para pasar de composición a función hace falta evidencia adicional.


Una cuestión que merece especial atención: la experiencia de Diblasi

La controversia resulta todavía más interesante porque Lorena Diblasi posee experiencia profesional real en nanotecnología farmacéutica.

La ficha oficial de CONICET registra que trabajó en la elaboración de un producto liposomal con acción antineoplásica y que sus líneas de investigación incluyen nanotecnología farmacéutica, formas farmacéuticas liposomales y nanomateriales.

...

Por eso, reducirla simplemente a alguien que “habla de nanotecnología” sería incorrecto.

La cuestión científica es otra:

¿Las técnicas utilizadas en sus investigaciones sobre los viales permiten establecer las conclusiones que posteriormente se atribuyen a esos resultados?

Esa es una pregunta metodológica, no personal.


El punto crítico: qué grado de evidencia tienen sus trabajos

Aquí es donde la investigación debe ser especialmente rigurosa.

El informe de 2022 que circuló sobre los siete viales no debe confundirse con el artículo de 2024 publicado en International Journal of Vaccine Theory, Practice and Research.

El trabajo de 2024 figura en la base de datos de CONICET con sus autores y referencia bibliográfica.

Por otro lado, una investigación periodística de Maldita.es señaló que el informe anterior utilizado para sostener que se habían encontrado elementos “tóxicos” en 65 viales no había sido publicado en una revista científica ni sometido a revisión por pares. También cuestionó el respaldo científico disponible para las conclusiones.

Esto obliga a hacer una distinción:

que una investigación sea discutida o cuestionada no significa automáticamente que sus resultados sean falsos.

Pero tampoco significa que sus conclusiones estén demostradas.

La revisión por pares, la publicación de datos, la reproducibilidad independiente y la comparación con controles son mecanismos precisamente diseñados para resolver este tipo de controversias.


La pregunta que queda abierta

Después de revisar las distintas líneas aparece un escenario bastante más complejo que el que suelen presentar tanto los defensores como los detractores de estas investigaciones.

Hay cosas que están fuera de discusión:

Las vacunas de ARNm utilizan nanotecnología.

Utilizan nanopartículas lipídicas para transportar el ARN.

La nanotecnología médica existe y está creciendo.

...

Se utiliza en administración de fármacos, vacunas, terapias génicas y otras aplicaciones.

Las nanopartículas pueden producir efectos biológicos.

Por eso se estudian su distribución, toxicidad e inmunogenicidad.

Algunas vacunas utilizan o utilizaron líneas celulares humanas para determinadas etapas de fabricación.

Pero eso no equivale a decir que contienen células fetales completas.

Diblasi y Sangorrín publicaron trabajos en los que sostienen haber detectado numerosos elementos químicos no declarados.

Eso está documentado.

Lo que permanece abierto es otra cuestión:

¿esos resultados fueron correctamente identificados, cuantificados, interpretados y reproducidos independientemente?

Y todavía hay una pregunta más exigente:

¿pueden esos elementos demostrar una función deliberada —nanotecnológica, electrónica, biológica o de cualquier otra naturaleza— dentro de una vacuna?

Hasta ahora, los materiales revisados no permiten saltar científicamente desde “se detectó un elemento o una partícula” hasta “esa partícula fue diseñada para cumplir una determinada función en seres humanos”.

Ese salto es precisamente el lugar donde una investigación seria debe detenerse y pedir pruebas.


El verdadero desafío

Quizás la parte más interesante de esta historia no esté en elegir entre dos extremos.

No se trata de decir:

“todo lo que afirman las investigadoras es cierto”

ni tampoco:

“todo lo que afirman es falso”.

La cuestión científica es mucho más incómoda.

Hay una tecnología nanotecnológica real dentro de determinadas vacunas.

Hay materiales capaces de interactuar con las células.

Hay investigación militar y médica sobre nanomateriales.

...

Hay investigación experimental sobre grafeno y óxido de grafeno en biomedicina.

Hay líneas celulares humanas utilizadas históricamente en la fabricación de vacunas.

Y hay dos científicas argentinas que sostienen haber encontrado elementos químicos que, según sus trabajos, no coincidirían con las formulaciones declaradas.

Pero cada una de esas afirmaciones necesita su propia evidencia.

La investigación verdaderamente interesante comienza justamente ahí:

¿qué encontraron exactamente en esos viales, con qué instrumentos, en qué concentraciones, qué controles utilizaron, quién pudo reproducir los resultados y, sobre todo, qué puede —y qué no puede— deducirse científicamente de esos hallazgos?

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Porque en ciencia, la distancia entre detectar algo y demostrar para qué está allí puede ser enorme.

El momento de las cucharas y los imanes

Hay otro episodio que resulta difícil de ignorar. En noviembre de 2025, durante una exposición realizada en el Congreso de la Nación, Lorena Diblasi presentó a un hombre que, con el torso desnudo, intentaba adherir objetos metálicos a su cuerpo. La demostración tuvo varios intentos fallidos, mientras algunos objetos permanecían momentáneamente sobre la piel.

Diblasi interpretó la escena como una supuesta “magnetización” y la vinculó con los efectos de las vacunas contra el COVID-19.

El episodio resulta particularmente llamativo porque la adherencia de objetos metálicos a la piel no demuestra magnetismo. La piel puede retener objetos por humedad, sudor, grasa, presión, superficie de contacto y otros fenómenos físicos. Un objeto que permanece adherido momentáneamente no demuestra que el cuerpo se haya convertido en un imán.

Y hay una prueba sencilla que habría sido mucho más significativa: ¿qué ocurre con objetos ferromagnéticos sometidos a un campo magnético medible? ¿Se produce una fuerza magnética reproducible? ¿Puede medirse con un instrumento? ¿Se mantiene independientemente de la humedad y la superficie de la piel?

La diferencia no es menor. En ciencia, una demostración visual puede despertar una pregunta; no necesariamente constituye una demostración del mecanismo que se pretende probar.

El caso adquirió mayor relevancia porque posteriormente se informó que Diblasi había solicitado en 2022 un estudio del INTEMA-CONICET para investigar precisamente la presencia de grafeno en muestras de vacunas de Moderna, Pfizer y Sputnik. Ese análisis informó resultados negativos para grafeno, grafito y óxido de grafeno.

Diblasi posteriormente explicó que no confiaba en ese procedimiento y que disponía de otros estudios que, según ella, respaldaban sus conclusiones.

Esto deja planteada una cuestión esencial para nuestra investigación: si se sostiene que una vacuna produjo una modificación física capaz de generar magnetismo en una persona, ¿qué medición objetiva permite demostrarlo?

Una cuchara que permanece unos segundos sobre la piel no responde esa pregunta.

La escena del supuesto “hombre magnetizado” es casi una representación visual de esa distancia: ver que una cuchara se queda pegada es una observación; demostrar que existe magnetización corporal causada por una vacuna es otra cosa completamente distinta.

...

Además, hay un elemento documental especialmente relevante: Infobae informó que Diblasi reconoció posteriormente haber conocido el estudio del CONICET que había dado negativo para grafeno y explicó que lo descartaba por considerar poco confiable el procedimiento.

https://www.infobae.com/sociedad/2025/12/10/la-biotecnologa-antivacunas-que-expuso-en-el-congreso-admite-que-sabia-del-estudio-del-conicet-que-la-contradecia-su-palabra/?utm_source=chatgpt.com

Todavía quedan muchas preguntas por responder.

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