
¿Día del Niño o Día de las Infancias? Una palabra que también cuenta una historia
Pedro Miguel MassolaDe un día para celebrar a una etapa para reconocer
Cada agosto, millones de familias argentinas se preparan para una jornada especial. Hay juegos, reuniones, regalos, actividades comunitarias y, sobre todo, niños como protagonistas.
Durante muchos años la fecha fue conocida como Día del Niño. La expresión forma parte de la memoria de varias generaciones y todavía continúa profundamente arraigada en el lenguaje cotidiano.
Pero desde 2020 comenzó a imponerse oficialmente otra denominación: Día de las Infancias.
¿Es solamente una cuestión de palabras? ¿Debemos seguir diciendo Día del Niño porque así lo conocemos desde siempre? ¿O hablar de Día de las Infancias representa una forma más completa de comprender qué estamos celebrando?
La respuesta requiere mirar un poco hacia atrás.
El origen de la celebración
La preocupación internacional por el bienestar de los niños comenzó a adquirir una dimensión institucional durante el siglo XX. En 1954, las Naciones Unidas establecieron el Día Universal del Niño, destinado a promover el bienestar de los niños y sus derechos.
En Argentina, la celebración tradicional del Día del Niño comenzó en 1960, siguiendo la recomendación de Naciones Unidas de dedicar una jornada a promover el bienestar de niñas y niños mediante actividades sociales y culturales.
Durante décadas, aquella jornada quedó asociada fundamentalmente a la celebración familiar, al juego y, especialmente, a los regalos.
Pero mientras la sociedad celebraba a los niños, también estaba cambiando la manera en que el mundo entendía sus derechos.
El gran cambio: los niños como sujetos de derechos
En 1959, Naciones Unidas aprobó la Declaración de los Derechos del Niño, que reconoció derechos relacionados con la educación, la salud, el juego y la protección.
Treinta años después ocurrió un cambio todavía más trascendente.
El 20 de noviembre de 1989, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño. El tratado reconoce a los niños como personas titulares de derechos y establece obligaciones concretas para los Estados. Entró en vigor en 1990.
La transformación conceptual fue enorme.
El niño dejó de ser considerado simplemente alguien que debía ser protegido por los adultos y pasó a ser reconocido como sujeto de derechos.
Derecho a la educación.
Derecho a la salud.
Derecho al juego y al descanso.
Derecho a vivir en familia.
Derecho a ser protegido contra la violencia y la explotación.
Derecho a expresar su opinión y ser escuchado.
Derecho a crecer y desarrollarse sin discriminación.
La Convención establece, además, que sus derechos son universales y que las decisiones que afectan a los niños deben considerar su interés superior.
Entonces apareció otra pregunta: ¿hay una sola infancia?
En 2020, Argentina comenzó a utilizar oficialmente la expresión “Día de las Infancias” en reemplazo de “Día del Niño”. El objetivo fue poner en primer plano la diversidad de experiencias que atraviesan niñas y niños.
Y aquí aparece la diferencia conceptual.
Niñez puede entenderse fundamentalmente como una etapa de la vida.
Infancia permite incorporar algo más: las condiciones sociales, familiares, culturales y económicas en las que esa etapa se desarrolla.
Y cuando hablamos de infancias, en plural, reconocemos que no todos los niños viven la misma realidad.
No es igual crecer en una gran ciudad que hacerlo en una localidad pequeña o en una zona rural. No es igual tener acceso a educación, salud, alimentación, tecnología, espacios de juego y contención familiar que carecer de alguno de esos derechos.
Todos son niños.
Pero sus experiencias de infancia pueden ser profundamente diferentes.
¿Por qué importa tanto una palabra?
Porque las palabras también expresan la manera en que una sociedad mira una realidad.
Decir “Día del Niño” pone el acento en el niño como protagonista de la celebración.
Decir “Día de las Infancias” amplía la mirada: no habla solamente de una categoría de edad, sino de las diferentes realidades que atraviesan quienes transitan esa etapa.
No significa que “Día del Niño” sea una expresión incorrecta. Tampoco que quienes continúan utilizándola estén desconociendo los derechos de la infancia. Es una denominación histórica, profundamente instalada en nuestra cultura.
Pero “Día de las Infancias” resulta conceptualmente más amplio porque permite incluir distintas experiencias sin suponer que existe una única manera de ser niño.
Más que un cambio de nombre
Tal vez la cuestión no sea decidir si debemos abandonar definitivamente una expresión para adoptar otra.
Podemos seguir diciendo Día del Niño en una conversación familiar y comprender perfectamente de qué estamos hablando.
Pero cuando se trata de una institución, una política pública, una escuela, un municipio o un medio de comunicación, “Día de las Infancias” ofrece una mirada más completa y contemporánea.
Porque no se trata solamente de festejar que existen los niños.
Se trata de preguntarnos cómo viven, qué necesitan, qué derechos tienen y qué estamos haciendo como sociedad para garantizar que esos derechos sean realmente iguales para todos.
Un chocolate caliente, un juguete, una bicicleta, un espectáculo o una tarde de juegos pueden hacer feliz a un niño.
Pero una sociedad que verdaderamente celebra las infancias hace algo mucho más profundo: garantiza que cada niña y cada niño pueda crecer con dignidad, educación, salud, afecto, protección, libertad y oportunidades.
Quizás por eso Día de las Infancias sea una denominación más completa.
No porque borre la historia del tradicional Día del Niño, sino porque incorpora todo lo que aprendimos después sobre la infancia y sus derechos.
Y, en definitiva, una celebración dedicada a ellos debería recordar algo mucho más importante que los regalos: cada niño tiene derechos todos los días del año, no solamente un domingo de agosto.


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